“Esto no se puede explicar desde el hoy”, afirmó Bárbara Manasse apenas comenzó a ordenar sus ideas. No lo dijo como recurso retórico sino como advertencia metodológica. Para ella, reducir la discusión a los embotellamientos del Seven, el Carnaval o la Fiesta del Queso es mirar apenas la superficie de un fenómeno mucho más profundo.

Arqueóloga, residente en Tafí del Valle desde hace casi cuatro décadas, con ejercicio profesional sostenido desde 1993 y con más de tres décadas de trabajo en la investigación científico-social en esta región, Manasse ha intervenido de manera directa sobre el impacto del crecimiento urbano en áreas de alto valor patrimonial dentro del ejido municipal.

Manasse asegura que el primer error es pensar que la villa “se descontroló” de un día para otro. “Hay que explicarlo sí o sí en clave histórica y también regional”, sostuvo. Su reconstrucción parte de un dato estructural: el valle tiene más de 2.000 años de ocupación humana intensa. Manasse cuenta que cuando en el siglo XVI se produce la invasión española, el territorio ya estaba habitado por los tafíes, de la nación diaguita, con alrededor de 6.000 personas. Aquella organización espacial era distinta a la actual: las áreas residenciales se ubicaban en faldeos de montaña y el fondo del valle se destinaba a la producción agrícola y ganadera.

Aislamiento geográfico

La conquista alteró ese patrón, explica y asegura: la población indígena fue desplazada y forzada a trabajar en encomiendas del llano tucumano. El valle perdió densidad poblacional, predominando la lógica de estancias de ganadería extensiva. Durante siglos no existió un núcleo urbano relevante, en parte por el aislamiento geográfico. “Hasta que no se abre la ruta 307, esto era prácticamente inaccesible”, explicó.

Ese punto es clave para entender la urbanística actual. La apertura del camino que conecta el llano con Amaicha transformó la escala del valle. La conectividad habilitó primero el veraneo, luego el turismo, las inversiones inmobiliarias y la radicación permanente. Pero esa transición no estuvo acompañada por una planificación estructural acorde.

“Las primeras concentraciones urbanas son bastante recientes”, indicó. El crecimiento sostenido, especialmente desde el neoliberalismo a fines del siglo XX y con mayor intensidad entre 2000 y 2010, estuvo impulsado por la valorización turística y el mercado inmobiliario. Parcelamientos, loteos y expansión de barrios de segundas residencias fueron modificando la fisonomía original, sin una actualización integral del código urbano y violando sus pautas, al crear también barrios privados y avanzar sobre espacios habitados con anterioridad.

Tafí del Valle y un debate que excede a los semáforos: “La ciudad está al borde del colapso”

Desde su experiencia profesional, Manasse debió intervenir en estudios de impacto arqueológico vinculados al avance inmobiliario sobre paisajes ancestrales. “El desarrollo urbano y el extractivismo inmobiliario son temas que me han atravesado a lo largo de todo mi trabajo”, señaló. Esa expansión, explicó, pocas veces consideró la capacidad de servicios públicos, la disponibilidad de agua, impactos ambientales o accesibilidad. Un caso emblemático es el Cerro Pelao.

En ese marco, la saturación vial aparece como consecuencia y no como causa. El trazado de la villa responde a una escala pensada para otra densidad. Calles angostas, eje central concentrado y ausencia de vías alternativas generan un embudo cuando el flujo turístico se multiplica. “Ingresa más de cuatro veces el turismo que la cantidad de residentes”, precisó. Estimó que durante la temporada pueden circular alrededor de 40.000 a 50.000 personas.

La relación entre población permanente y población transitoria es desproporcionada. En eventos masivos, el sistema urbano opera al límite. Pero para Manasse el problema no es sólo cuantitativo. Es estructural.

A diferencia de las miradas más críticas hacia la semaforización, la arqueóloga defendió su utilidad relativa. “Mejoran la dinámica de la circulación interna en la villa. Además, previene peligros que antes eran muy habituales”, explicó, y consideró que, con los riesgos que implica en la zona del “cruce” sobre la ruta 307, cumplen una función ordenadora. No planteó que sean la solución definitiva, pero sí que el debate no puede simplificarse a quitarlos o mantenerlos.

La arqueóloga insistió en que la perspectiva histórica no es un ejercicio académico abstracto. Permite comprender la disposición actual de residencias, comercios y del tránsito. La villa no fue concebida como ciudad turística sino, fundamentalmente, operacional para el veraneo de unas pocas familias. Baste reflexionar sobre el diseño de sus calles o la localización de sus espacios administrativos, o sobre la propia plaza principal y su relación con el centro comercial o la iglesia.

El colapso veraniego, entonces, no es una anomalía. Es la consecuencia de una suma de capas: ocupación ancestral, ruptura colonial, siglos de baja densidad, apertura vial, boom turístico y extractivismo inmobiliario, junto a la aplicación de una revisión normativa profunda. Cada etapa dejó huellas en la configuración espacial.

Cuando se le preguntó si este verano había sido distinto, respondió sin ambigüedad: “Sí”. No porque la villa no se llene periódicamente, sino porque este año en particular se ha notado plena ocupación de casas de veraneo casi todo el mes de enero, fenómeno más conocido para los pocos días del receso de Pascuas, y que significa mucha mayor presencia de gente y de vehículos. La diferencia es de escala y de percepción.